Marisol Emilia Almonte Ortiz

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El amor de Francisco Javier Almonte y Carmen María Ortiz trajo al mundo, el 2 de enero de 1949, una criatura de nombre Marisol Emilia.  Este acontecimiento creador ocurrió en una ciudad, de nombre Santiago de los Caballeros, sembrada casi en el corazón de una isla llamada Santo Domingo. Ahí transcurrieron sus años y aprendió las primeras letras y se aproximó al saber en la emblemática institución Colegio Sagrado Corazón de Jesús.  Desde pequeña fue jugadora de tenis, obteniendo diferentes trofeos tanto en Islas Vírgenes como en Santiago de los caballeros.

Su amor por el saber le condujo a la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra en la que desafió su inteligencia estudiando educación, concentrando su amor por educar en el área de Orientación Escolar.

Siendo aún muy niña, se le despertó una pasión especial: el amor por la música y el folklore. Tan fuerte y motivadora era esta vocación que le condujo a recorrer la carretera de la vida desde Santiago a Santo Domingo para encontrarse con los maestros, gloria del folklore dominicano, Fradike Lizardo, Josefina Miniño y Casandra Damirón.

Se hizo maestra y esta misión le llevó al aula en el Politécnico Femenino Nuestra Señora de las Mercedes. Ahí combinaba la enseñanza de la Geografía y la Historia con las clases de baile y era que la música danzaba en su alma, se tongoneaba en su cuerpo y le hacía belleza en sus pies. Tan grande era la fuerza de baile, que le transportó a otros centros como el Asilo Santa Ana y el Colegio de La Salle. Y, luego, como víctima del futuro que se hace gracia en la juventud que ama la vida, llegó a la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), donde asumió la responsabilidad de Directora de Arte y Cultura.

El rector la PUCMM, Mons. Agripino Núñez Collado, descubrió en esta ingeniosa e inteligente mujer otras competencias humanas y profesionales. Su capacidad y su don de gente lo persuadieron y, por esto, la nombró, primero como directora de Admisión y, luego, como directora del Teatro, función que combinaba con la de directora del Grupo de Baile, se paseó por múltiples escenarios nacionales e internacionales, mostrando con gracia y donaire el baile dominicano. Se hizo tan notable la presencia de este grupo que lo nominaron a los premios el Casandra en 1987 y es que hasta la sabiduría bailaba en los pies y al ritmo de los cuerpos jóvenes que armónicamente conducía Marisol.

El amor que le trajo al mundo le llegó a su corazón. En él se sembró un hombre de nombre Wellington Bertolet. Se unieron en matrimonio y durante doce años compartieron la vida, las esperanzas y los sueños en una nueva tierra, Estados Unidos. Desde allá se mantuvo unida a su ciudad, Santiago de los Caballeros, y a todo su acontecer cultural. Su amor por la ciudad le unía a su gente y a sus ilusiones.

De regreso a su tierra, en año 2000, se involucra de nuevo con su pasión: el baile y la docencia. La maestra se encuentra de nuevo con el arte en el Centro Español y ahí pone a bailar la vida.

Pero Marisol es más que baile, es cultura, amor por la comunidad, amor por Santiago. Este fervor le lleva a integrarse al Comité de Fiestas y Costumbres. Es parte del equipo fundador y la primera secretaria, esa que cuenta la historia de los talentos que reinventan las tradiciones para hacerla arte en la cultura de lo nuevo. Su labor en esta institución del ingenio y la generosidad y la entrega en las actividades del Comité (como la de jurado en los variados premios que se otorgaban a quienes participaban en las actividades de carnaval y las Fiestas del Patrón Santiago) le hicieron merecedora de un reconocimiento por parte del referido Comité.

Su vocación y pasión por el baile no se detienen. Al regresar a Santiago, en el año 2000, creó una Escuela de Baile. Ahí educa el cuerpo, el gusto y la imaginación de los alumnos y alumnas. Los cuerpos se convierten en el instrumento de la gracia que en el tongoneo armonioso abraza la cultura para hacerse vida en los pies que de vez en cuando tocan el polvo para acompañar el alma. Y es que la maestra Marisol despierta todos los sentidos desde la enseñanza del baile.

Mar y Sol, el nombre con el que bautizó la escuela, ya es una adolescente que entra a la vida adulta con sus casi quince años. Son muchas las vidas que desde esta escuela Marisol ha transformado. Miles de pies, de cuerpos, de miradas de futuro, de vidas se han recreado y han aprendido a encontrarse con otros, con iguales, para entregarse a las nuevas formas de corporeidad que inventa el baile. Esta visión es la que sintetiza muy graciosamente su eslogan: “El baile es más que ritmo, es un estilo de vida”. Ahí se aprende a cultivar los valores, a ser generosos y a ser conquistadores de nuevos sueños. Se educa para ser mejores personas, mejores ciudadanos y a amar la patria que se esconde en el ritmo que conduce a la alegría y a la felicidad.

En la escuela Mar y Sol se encuentran todos los ritmos autóctonos y latinos que han popularizado la cultura y la música. Es un lugar donde se encuentran el merengue, la bachata, la salsa y el son. Es un espacio donde los cuerpos se encuentran con la gracia que baila con el alma. Es un espacio para la familia. Ahí, todas las edades y todos los tamaños se abrazan. Es que Marisol es una artesana de la cultura. Es una maestra que enseña a bailar la vida.

De igual manera, sus hobbies están ligados al arte, comenzando por el bordado que lo heredó
de su madre. Tanto este como el tejido ocupan sus momentos de ocio, al igual que la pintura, exhibiendo varios de sus cuadros en su casa, lo cual le da a esta colorido y belleza.

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