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La asombrosa vida de la mujer que dio la vuelta al mundo en menos de 80 días… ¡hace 131 años!

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Batió a la novela de Julio Verne, denunció el infierno de los manicomios y de “las esclavas blancas” y fue una vanguardista del “nuevo periodismo”, muchas décadas antes de sus próceres masculinos.
Elizabeth Jane Cochran fue más conocida con su seudónimo, Nellie Bly
Elizabeth Jane Cochran fue más conocida con su seudónimo, Nellie Bly

Ella, Nellie Bly, nacida en Pensilvania el 5 de mayo de 1864 como Elizabeth Jane Cochran, no necesitó del suspenso creado por Julio Verne para el final de su famosa novela La vuelta al mundo en 80 días. Su personaje, el dandy inglés Phileas Fogg, apostó una fortuna en el privadísimo Reform Club ante caballeros tan ricos y desocupados como él:
–Si llego al club a las doce de la noche de los próximos ochenta días, ganaré. De lo contrario, perderé.

Ese mismo día se lanza a la aventura. Asistido por su mayordomo Jean Passepartout, viaja en trenes, barcos, trineos, elefantes, y regresa a Londres derrotado: tardó 81 días. Pero de pronto lee la fecha en el diario de esa mañana, y descubre que aún falta un rato para la medianoche del día 80. Por supuesto, entra triunfal en el club cuando las campanas de los relojes empiezan el conteo.
¡Ha ganado!

¿Por qué? Porque ha viajado hacia el Este, y de ese modo ha ganado un día.
Nueva York, 1889. Joseph Pulitzer, dueño del diario The New York World, se asombra –se burla, casi– de la propuesta de su joven periodista Nellie Bly:
–Puedo hacerlo en menos días.

Pulitzer vacila. ¿Una mujer? ¡Imposible! Pero su sangre de editor pudo más, y no tardó en decirle “¡Adelante!”.

Contra lo imaginable (una frondosa colección de vestidos y accesorios en varios baúles)… Nellie partió con lo mínimo, estricto, misérrimo: un vestido, papel, tinta, lapicera, lápices.

¡Y lo logró! Nueva York, Londres, Singapur, Hong Kong, San Francisco, Chicago, Nueva York otra vez. Sólo en trenes y barcos: no había en esos años otros medios. Kilómetros, 34.986. Horas de viaje, 1.356. Horas perdidas por demoras: 377. Días: ¡72! Ocho menos que Phileas Fogg. Y con dos bonus track: conoció a Verne en su casa de Amiens, y sus crónicas desde cada lugar duplicaron el tiraje del diario…

Ya era una celebridad.

Pero había nacido periodista.

Michael, su padre, era un peón molinero de mucho sudor y escasa paga. Su madre, ama de casa. Ella (Pinky, su sobrenombre, por su color preferido de niña) apenas pasó seis meses en un buen colegio: no hubo dinero para más…
Pero en medio de esa pobreza apareció un naipe ganador.
Leyó en el diario Pittsburg Dispatch una columna que la indignó: aconsejaba a las mujeres no estudiar ni trabajar: “dedicarse a sus labores”.

Nellie Bly le llevó a Joseph Pulitzer una propuesta increíble: dar la vuelta al mundo en menos de 80 días.

Nellie Bly le llevó a Joseph Pulitzer una propuesta increíble: dar la vuelta al mundo en menos de 80 días.

Le escribió al editor una carta de protesta que firmó como “Huérfana solitaria”.

Al editor le impresionó la calidad del texto y la empleó como reportera. Pero la relegó a tediosas crónicas para mujeres: jardinería, decoración, crianza de los niños…

Rompió lanzas. Se mudó a Nueva York, pidió trabajo en el The New York World, de Pulitzer, y éste le encargó un artículo sobre el manicomio para mujeres de Blackwells Island. Pero ella dio otra vuelta de tuerca…

Imaginó que el clásico esquema pregunta–respuesta sería un fracaso, ya que si las condiciones del manicomio era aterradoras, como supuso, sólo lograría informes falsos y edulcorados.

La solución heroica –en esos años, impensable– era simular locura, internarse, vivir como las locas, y contar toda la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad, según la clásica fórmula judicial.

Pero no era fácil. Golpear la puerta, decir “soy loca” y lograr que la internaran sonaba de delirio, a dislate.

Recurrió a un ardid. Pidió alojamiento en un hogar temporal para mujeres trabajadoras, en el 84 de la Segunda Avenida, bajo el nombre de Nellie Brown, y se integró a la rutina de las pensionistas…, pero simulando leves signos de desvarío. La mirada fija y perdida, gritos por la noche, y dos muletillas constantes:

–He perdido mis baúles. Necesito mis baúles. Hay muchos extranjeros que han perdido sus baúles…

–Mi casa está en Cuba… Mi casa está en Cuba…

La dueña del hogar acudió a la policía:
–Tengo una alojada muy extraña. Creo que está loca.

Detenida, la interrogó el juez Duffy. Nellie insistió con los baúles perdidos y la casa en Cuba.

Diagnóstico de Duffy:
–Positivamente demente. Un caso sin esperanza.

Nellie Bly ianuguró el “nuevo periodismo” de investigación mucho antes que Truman Capote o Tom Wolfe
Nellie Bly ianuguró el “nuevo periodismo” de investigación mucho antes que Truman Capote o Tom Wolfe

Y ordenó su internación en el manicomio Blackwells Island. El primer paso…
Y la primera comida: en todo el día, una taza de té, carne fría sin sal, una papa, copos de avena, y una rebanada de pan sin manteca.

Le cortaron las uñas, como a todas las enfermas.
Un médico le preguntó el nombre:
–Nellie Moreno.

No tardó en comprender por qué el lema no oficial del manicomio Blackwells era “Del que nunca saldrás”.

Era el infierno tan temido.

Incesante repetición de un magro menú: algo rosado que llamaban “té” en cuencos de metal, como los perros. Un pedazo de pan grueso con manteca.

Cinco ciruelas.

Baño: una vez por semana en agua helada, con un trozo de jabón ordinario (y a veces sin él), y todas las pacientes de cada pabellón –unas veinte– en la misma agua, hasta que se oscurecía y espesaba.

Castigos: largas horas desnudas en la puerta de sus pabellones, bajo frío glacial.

Apenas dieciséis médicos para mil seiscientas enfermas.

Ropa de cama: un hule y una sábana debajo, una sábana y una manta negra de lana arriba.

En caso de incendio, trampa mortal. Todas las puertas y ventanas selladas. Enfermeras perezosas y tiránicas.

Último apunte de Nellie: “Este manicomio es una trampa humana… ¡para ratas!”

La nota, titulada Diez días en una casa de locas, causó tanta sensación como horror. El diario triplicó su tiraje. Y la ciudad de Nueva York destinó un millón de dólares más, por año, para mejorar las horrendas condiciones de ese lugar, digno de una febril novela gótica…

Nellie Bly se convirtió en una periodista estrella.

Casi inmediatamente logró dos impactos usando el mismo recurso: mimetizarse.

Así logró denunciar las trampas y la explotación de una Agencia de Criados (Sirvientes), buscando trabajo con el seudónimo de Sally Lees.

La agencia era “una oficina inmunda”. Las chicas debían pagarle un dólar para aspirar a un puesto de camarera, enfermera, costurera…, por catorce dólares al mes, agregado lavado y planchado –un extra que se les exigía una vez en la casa de destino–: el precio por mes de un cuchitril. Es decir, trabajar sólo por un indigno techo, y muchas veces a merced de los embates sexuales de los patrones.

Su crónica desató un gran escándalo, pero pour la galerie: nada cambió.

No mucho después se empleó en un Shop–Girl de Nueva York, 196 de Elm Street, para hacer cajas de papel.

Escribió: “Subí la más estrecha, más oscura y más perpendicular escalera que tuve la mala suerte de ver, para llegar a una habitación sin ventilar e impregnada del ardiente olor del pegamento usado para armar las cajas. Horario: de siete de la mañana a seis de la tarde… a 3,50 dólares por semana, que apenas alcanzaban para alquilar dos habitaciones chicas, de techos bajos, y sin paga hasta que aprendíamos el oficio”.

Tituló su crónica Esclavas blancas

En 1895, a sus 31 años, se casó con el millonario Robert Seaman (73), dueño de la fábrica de latas de acero, cubos de basura y calderas Iron Clad Manufacturing Company.

Matrimonio breve: Robert murió nueve años después, y Nellie abandonó el periodismo y ocupó la dirección de la empresa.

A la luz de lo vivido en carne propia, desplegó un plan de reformas sanitarias, reducción de horarios y salarios más justos: medidas populares que volvieron a instalarla en el primer plano, y con más de un imitador. Pero la empresa quebró, acaso porque ella no logró equilibrio entre los dos planos: el social, humanitario, y el de la producción, las ventas y las finanzas.

No era lo suyo…, ¡y volvió al periodismo!

Desde otro diario, el Evening Journal, también neoyorkino, impactó con sus crónicas de la convención de 1913 a favor del voto de la mujer, y desde el frente del Este en la Primera Guerra Mundial: una de las primeras mujeres corresponsales de conflictos bélicos.

Una neumonía se la llevó en 1929, a los 57 años.

En Brooklyn la recuerda un pequeño parque de diversiones con su nombre: Elizabeth, y tiene como perpetuo tema musical la música del film La vuelta al mundo en 80 días, de 1956, dirigido por Michael Anderson, con David Niven y Cantinflas en el dúo estelar, y cinco Oscars y dos Globos de Oro. El taquillazo del año.

En 1998 –tardíamente– entró en el Hall Nacional de la Fama para Mujeres.
Pero la hazaña de dar la vuelta al mundo en menos días que el personaje de Verne no es su mayor hit. Lo perdurable, eterno –la marca a fuego– es que inauguró el periodismo de investigación siete décadas antes que Tom Wolfe, Truman Capote, Gay Talese… y una larga lista de consagrados.

Nada menos que ella. La que entró a un diario gracias a una carta que firmó “Huérfana solitaria”, y que apenas a sus 25 años se metió en el barro y el dolor de la locura.

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